Hay un momento en toda auditoría en el que me tiemblan los párpados: Abro el explorador de red y veo carpetas compartidas con permisos para "Todos". Todo el mundo. Todo el acceso. Todo el peligro.

Y si lo mencionas con delicadeza, te responden: "Sí, ya lo sé, pero así es más fácil para todos." Claro. También sería más fácil que el banco me diera su clave y su pin. Pero no lo hace. Por algo será.

También está el clásico: usuarios compartidos en sistemas críticos. Todos entran con el mismo nombre. Todos usan la misma cuenta. "¿Quién hizo este cambio?" "No sé… todos entramos con 'informática1'." Perfecto. Seguimos.

Un día les digo: "¿Sabes que si pasa algo ilegal, el responsable es el titular del usuario?" Respuesta: "Bueno… ¿y qué va a pasar?" Nada. Hasta que pasa. Y entonces no encuentran ni al titular, ni la cuenta, ni la copia.

Antivirus caducado, copias de seguridad encriptadas… sin nadie que tenga la contraseña de desencriptado. Literal: backup cifrado y perdido para siempre. Un souvenir digital sin función. Ni bonito.

Y luego está el hardware. He abierto servidores con tres dedos de polvo compactado. Servidores al lado de cafeteras, debajo de fotocopiadoras, con telarañas que ya tienen NIF.

Pero lo que más me duele: Soluciones de seguridad implantadas… y eliminadas. Porque "al jefe le molestaban". Que si el doble factor es incómodo. Que si el antivirus ralentiza. Que si el bloqueo automático es un rollo. Así que lo quitan. Y me llaman cuando explota.

Conclusión: No es que falte tecnología. Es que a veces sobra inconsciencia. Y en medio de todo… el informático. Aguantando. Tapando agujeros. A salto de mata.